No sé cómo lo sabía. No
recuerdo cuando informaron que el joven había muerto.
Ni siquiera lo lamenté. Sólo me atormentaba estar
tan débil, y seguir sus mismos pasos. De algún modo,
entendía que esos focos de luz perdidos en la solitaria
y fría oscuridad, me anunciaban un ciego futuro.
Tras los ventanales y a pesar de la penumbra, distinguía
a uno que otra persona abriendo unas cajas que reconocí
de inmediato. En más de alguna película
había visto transportar órganos humanos.
Ante esta visión, no tardaron en aparecer las inquietas preguntas:
¿Por qué me tenían allí? ¿Me
iba a morir? ¿Querían mis órganos?
¿Acaso pensaban que estaba muerta? Sí no era así ¿Qué
esperaban para sacarme de ese lugar?… Nada de nada como
respuesta. Ni una miserable palabra que me diera una pista
de lo que me aguardaba. Reconozco sí, que era mucho
peor tener que soportar las decepciones. Desde donde me
tenían acostada, podía ver las iluminadas escalinatas
por las que bajaba alguien, de vez en cuando. Llena de esperanza,
creía que venían para llevarme a una sala
de recuperación, y mi corazón volvía
a latir fuerte por si era necesario demostrar cuanta vida
albergaba, sin embargo, muy pronto comprendía que
yo era la única que podía oírlo, y que mi persona
no era la causa de la visita al subterráneo. Eso
digería, cuando unas sombras en movimiento captaron
mi desilusionada atención. Se movían sobre
mi cabeza sin rozarme. Eran los brazos de alguien que
tal vez pudiera ayudarme, pero que al parecer, mi lánguida
apariencia sólo le provocaba desinterés.
Comencé a sentir un aire frío que me provocó
un gran, pero indeciso temor. Me resistía a creer
que estuvieran tratando de mantenerme fría. ¿Cómo
podían equivocarse de ese modo? Yo estaba viva,
y pretendía seguir igual. Era imposible que no se dieran cuenta.
El enojo dio paso al raciocinio, que se detuvo a evaluar
la situación. Estaba muy claro. Desconocía
lo que me tenía deparada la providencia, pero por
ahora debía resistir. No importaba cuanto se alargara
la noche, no debía dormirme.
Al pasar de las horas el frío se esfumó,
y el cansancio se hizo mi única compañía.
¿Habrían entendido que mi respiración no
se iba a detener por nada del mundo?
Voces muy familiares me apartaron de mis cavilaciones.
- Hay que sacarla de aquí… pronto…
Mis hermanas no podían aparecer en mejor momento
(Al fin era libre como Icaro con sus alas de cera) Llevaron
mi camilla a un lugar grande, sombrío y sucio.
Muy parecido a un taller mecánico, y sin más
salida que una enorme cortina metálica.
- Rápido. Usa esto.
Me di cuenta que habían logrado abrirla, cuando
la habitación se iluminó por completo…
Desde la nada, volvió a aparecer ante mí,
la pantalla de la computadora.
- Gabi…¿hubo algún problema con mis órganos,
cuando estuve en el hospital?
- ¿No te contaron que cuando agonizabas, había
varios doctores muy preocupados por ti? Entre tanta tragedia
era como alentador el interés que despertabas,
pero después de conocer tu historial médico,
se esfumaron. Luego mi mamá supo que se trataba de un
equipo de transplante… ¿Por qué?
- Nada importante… recordé un sueño que
tuve allá …
Aproveché que ella estaba distraída mirando
televisión, para ahogar lo que sentía. Una
mezcla entre rabia y pena, aguardaban su tuno en mi corazón.
Me torturaba pensando que el abandono, debió haber
sido demasiado evidente como para que una moribunda llegara
a percibirlo en sus sueños. ¿Por qué habían renunciado
a salvarme, si dentro de mí aún quedaba
tanta vida? ¿Habían hecho hasta lo imposible?
Sí se trataba de salvar una vida, ¿Por qué
no eligieron salvar la mía? ¿Estaba siendo injusta?
No lo sabía, pero tenía tanta rabia que no podía
ver más allá de mi nariz.
Los siguientes días fueron difíciles. Era
complicado asumir ante mi familia, que después
de tantos años, me perturbaba algo que nunca pasó.
Tuve que disimularlo revisando los difíciles años
que han transcurrido, para no permitir que aquella soledad
que me absorbía, debilitara nuevamente mi vida.
Recordé el rostro de mi esposo con esa voz que
me había hecho vibrar durante años, y que
entonces casi me rogaba en un suplicante susurro, que
abriera los ojos. En esos momentos, mis párpados
pesaban más que dos lápidas selladas, pero el familiar sonido
de mi nombre en sus labios no me dejó alternativa.
No sospeché que al obedecer, sería testigo
de los episodios que cambiarían mi destino y el
de todas las personas que me rodeaban.
Fue hace siete años cuando yacía en un hospital,
inmóvil, casi sin oxigeno, y sin saber que estaba
muriendo. Apenas había un poco de fuerza para hacer
latir mi corazón, sin embargo, incansable, yo trataba
de respirar. Entre un sopor delirante e imágenes
incoherentes, me apresuraba por dejar entrar aire a mis pulmones
una vez más. Era tan difícil que no pasó
mucho tiempo, antes de que se transformara en un trabajo
demasiado pesado. No obstante, algo más fuerte
que yo, me obligó a continuar hasta más allá
de lo que mi cuerpo podía resistir. Aún así,
hubo un instante en que me venció el agotamiento,
y el sueño logró atraparme con facilidad.
Por fortuna, todo en mí siguió funcionando, y
pude despertar otra vez. En todo caso, no fue un regreso que
se pudiera tildar de provechoso. Escuchaba muy lejos a Mariano,
exigiéndome permanecer tranquila. También
distinguía caras desconocidas que bajaban la cabeza
en una negativa poco alentadora. Ajena a todo, yo continuaba
mi tarea hasta hundirme en una laguna de sueños
y pesadillas incomprensibles.
A pesar de este confuso vacío que me rodeaba, no
me es posible olvidar el peor dolor que he experimentado
hasta ahora. No es que fuera tan agudo, sino que era interminable.
Tan indiferente. Demasiado cruel, al no querer comprender
el daño que me hacía. Supongo que el causante
de mi martirio era un simple tubo, porque escuché
muchas veces la palabra "entubar", gracias a la cual mi
mente delirante, inventó sangrientos sucesos dignos del cine
de terror. Es lamentable pero no me equivoqué del todo,
ya que alguien introdujo sin piedad un duro pedazo de
plástico en mi garganta, y lo abandonó ahí,
por más tiempo del que quisiera contar. Creo que
el supuesto tubo era grande para mí, y cada vez
que hacía ese movimiento para tragar la saliva, sentía como
sí se me enterrara hasta el alma. Después
me enteraría que aquel aparato que nunca me interesó
conocer, se usaba con un respirador que me acompañó
por un periodo. Al final, aquel sufrimiento terminó,
y comenzó un segundo y serio traspié. Una fiebre muy
alta se encargó de empeorar mi situación.
Es tan vago lo que recuerdo, que no sabría como
revivirlo en mi memoria. Sé que estaba en peligro.
Que era algo así como un duelo que todos temían
que perdiera. En instantes de lucidez veía a Mariano
concentrado poniendo toallas mojadas en mi frente, y diciendo
palabras que nunca escuché. Yo trataba de aferrármele
con todo mi ser, para no caer en esa corriente de pesadillas
carentes de sentido, pero los fervientes deseos no siempre
resultan, y sólo pude hacerlo cuando mi temperatura
bajó a niveles normales.
Ya recuperada de la fiebre pude restablecer el perdido
diálogo, contestando a las preguntas con un lento
abrir y cerrar de párpados. Me sentía tan
débil, que no me pregunté sí había alguna razón
para no hablar, o sí algo me impedía salir
de ahí. Responder así, era lo que me estaban
pidiendo, y eso hacía. Lentamente, revelándoseme
de distintas maneras, fui comprendiendo muchas cosas.
Al principio, varias de ellas estaban claras sólo en
mi inconsciente, y tardaron bastante en hacerse presentes. Por
ejemplo, que todo ese edificio lleno de ventanales era un
hospital, y que yo era la enferma. Aunque estaba casi
segura de su irrealidad, pues no me explicaba en qué
momento mi hermana pequeña había estudiado
enfermería, y estaba ahí, cuidándome. ¿Por qué?
¿De qué? Era una locura psicodélica,
que mi agotada cabeza se negaba a aceptar. Cerraba los
ojos con la esperanza de que todo estuviera normal cuando
los abriera. Era tan obvio que debía ser un sueño
desagradable. El único detalle perturbador, era esa maldita
lógica irrefutable que se mantenía inamovible.
Otra cosa que no capté de inmediato, es que mi
familia era la única que se comunicaba conmigo.
Ellos copaban todas mis necesidades afectivas. Al menos
eso fue lo que sentí por un rato, ya que me invadió
un vacío y soledad indescriptibles al descubrir que
ahí, no creían que pudiera vivir. Que era mi propia suerte,
la que se encargaría de anunciar que había
sobrevivido. Deben haber pensado que era sólo una
vida de tantas, pero olvidaron que para mí era
la única. Mi vanidad se negaba a aceptar que mi
vida perdía toda importancia frente a "las próximas vacaciones".
Me acuerdo que sus anhelos por salir, hacían eco
en mi cabeza, y me daba tanto miedo quedarme sola. En
todo momento trataba de moverme y de gritar que yo estaba
ahí, que no me dejaran, que me ayudaran, pero nadie
se detenía a escuchar mis silenciosos gritos de
auxilio. Habían determinado que yo estaba inconsciente
y en estado de shock. Una sentencia que no necesitaba y que
por suerte mi familia no admitió ni me dejó conocer.
Sin notarlo pasaron los días, y mi etérea
tranquilidad siguió esfumándose con eventos
cotidianos que no hacían más que refregarme
en la cara, que no podía moverme ni hablar. En una ocasión
me encontraba absorta mirando hacia la nada, cuando me
pareció advertir una delgada manguera conectada
a mí por alguna parte. No sé por qué
lo sabía, sí esta bajaba desde una máquina que
estaba puesta en un pedestal metálico, hasta desaparecer
sin dejar rastro, bajo mi ropa de cama. El asunto es que
la máquina, de tanto en tanto, se ponía
a pitear de manera escandalosa. Una chica se acercaba
para enterarse de lo que pasaba y luego varias rodeaban
mi cama, diciendo cosas como:
- Se tapó, ¡se tapó!
- ¿A ver? Déjame probar a mí.
- ¡Échale agua tibia!
Yo por mientras hacía una de las únicas
cosas que podía hacer. Transpiraba de pánico
de sólo pensar que estaba viva gracias a esa máquina,
y en esos momentos se le antojaba fallar. Ya estando en
mi casa me enteré de que ese instrumento era para
alimentarme, y el pánico dio lugar a una vulgar inquietud (Ahora
me parece gracioso pero en esa época, nunca lo
fue)
Más adelante creo, caí en una pieza con
la señora Isolina que era muy vieja (me lo debe
haber dicho Mariano, porque yo nunca la vi), y junto a
la señora Rosa, a la que veía desde mi cama.
La señora Rosa era una señora gorda, que durante gran
parte del tiempo que estuvo ahí, se tiraba del
pijama queriendo quitárselo porque no soportaba
el calor. Entre varias enfermeras trataban de impedírselo
mientras recibían groseras ofensas. Perdonables
en todo caso, porque creo que ella tenía meningitis y ardía
en fiebre. Observaba atentamente todo este espectáculo
que me hacía olvidar mis malestares, hasta que
llegó un momento en el que me empecé a asustar,
y yo también comencé a sentirme como una
prisionera a la que no iban a dejar regresar nunca a casa.
El estar ahí temerosa de mi suerte, me dio tiempo para
pensar que aquella no era una situación que pudiera afrontar
yo sola, y para mi sorpresa, yo muy incrédula pensé
que de todas formas necesitaba que Dios me tendiera una
mano. Y así lo hizo. Cosa que siempre le agradeceré
mucho.
Llegó la hora de regresar a casa. Yo estaba tan
contenta. Ese lugar se había convertido en mi peor
pesadilla. No sólo me iba, era la posibilidad de
que toda esa ridícula situación desapareciera.
Sí bien parte de mí ya daba por aceptada esa verdad,
me era imposible abandonar esa pequeña e ilógica
esperanza de que fuera otra mentira de mi inconsciente.
Rogaba para que en el hospital, no se dieran cuenta que
todavía me sentía mal y se arrepintieran
de mi partida. Cerré los ojos y eludí sus miradas durante
todo el trayecto. Primero me sacaron por una puerta y
atravesamos por el pasillo del quinto piso. Atrás
quedaban esos fríos y laberínticos muros
que ya odiaba. Podía escuchar el agradable sonido
que hacían las ruedas al avanzar. Guiaba la camilla una
amiga, ya que mi mamá realizaba tramites para mi salida en
el otro extremo del hospital. Nos detuvimos unos instantes
para que ella pudiera hacer unas consultas a la señorita
del mesón. Me dejó disfrutando la hermosa
luz del sol que entraba por la ventana. Parecía
que habían pasado siglos, sin que pudiera ver luz
natural. De pronto se esfumó todo el encanto. Definitivamente
fue como un balde de agua fría. Una enfermera jaló
la camilla y dijo con voz muy segura.
- Esta niña debe bajar a rayos
Mi corazón agitado y queriendo abandonar mi pecho,
trataba de explicar el tremendo error. Todo gritaba dentro
de mí, pero aun así, no lograba decir palabra
y aclarar que me habían dado de alta, que todo
era legal, que en otra parte se hacía el papeleo
necesario. Quería llorar de impotencia, pero no dije nada y
no me moví ni un milímetro. Fui llevada cual
marioneta, sin que yo pudiera hacer algo.
Ya en rayos o cualquier lugar donde me dejaron, fui puesta
en máquinas que me causaron grandes dolores de
estómago, sin embargo, terminaron rápido.
En cambio la profunda decepción y la pena, se quedaron
conmigo. Se me pasó un poco la tristeza, cuando
pensé que había sido otra engañosa treta de mi mente,
pues no vi ni a Mariano, ni a mis lloronas hermanas, ni
siquiera a mi papá. Claro que podían estar
ayudando a mi mamá, ¿pero los cinco?. Después
de todo, se supone que yo era el paquete importante.
Ya superada mi fantasiosa y fracasada huida, siguió
pasando el tiempo con una calma enloquecedora. Quizás
por eso no me incomodó, la vez que Mariano se peleó
con una enfermera. Es que acababa de ingresar a la sala,
y sólo alcanzó a decirme un par de cosas.
Ahí entra ella, que con el mismo tono prepotente
que utilizaría un dictador, le dice que salga de inmediato.
Nunca sabré por que fue tan poco amable con él.
Es cierto que éramos varias pacientes, y que el
procedimiento que tenía que hacerse, era privado,
pero no le costaba nada haber sido amable. Eh conocido
a varias enfermeras durante mi recorrido y han sido muy
comprensivas.
Bien, el asunto es que a Mariano se le desdibujó
esa adorable sonrisa que me llevaba, que ocultaban o más
bien la cara de preocupación y las ojeras, y le
dijo entono más prepotente aún que sólo
saldría cuando se lo pidiera "por favor". Después de
una acalorada discusión, la famosa enfermera tuvo que
pedir que saliera "por favor", de muy mala gana, pues
conociendo a Mariano, sólo podían moverlo
de allí con algunos guardias. Se calmo la controversia,
mi amor se despidió de mí y salió furioso.
De nuevo quedé sumergida en esa rutinaria soledad.
Por suerte, existían esos momentos en que " las
muchachas de blanco", mezclaban sobre mi piel una fragante
colonia con crema. Claro que no era ese el motivo de mi
alegría. La verdad es que era entretenido escucharlas
conversar, aunque sólo fuera entre ellas. Además,
la falta de invitación no me impedía participar y
dar mi opinión virtual.
Lo que no me gustaba para nada era cuando me secaban el
pelo. Nunca vi el secador, pero podía escuchar
su tedioso andar, que se confundía con el chacharear
de dos voces por detrás de mi cabeza. La persona
que hacía el trabajo olvidaba cambiarlo de lugar
y mi cabeza se calentaba de manera horrible. Con mucha
serenidad, aguardaba en silencio repitiéndome:
- aguanta, aguanta que tarde o temprano lo tiene que mover…
Sabía que esa incomunicación me estaba matando
de angustia. De hecho, di un respiro cuando aceptaron
que estaba encerrada detrás de mis ojos. Creí
que mis penas iban a terminar, pero para mi desgracia,
no resultó como esperaba. Un parpadeo para un "Si",
y dos por los "No" ¿Quién más que mi familia iba a
tener tiempo y paciencia para aprender ese nuevo lenguaje?
No me quedó otra opción que distraer mi
soledad con los dramas de otros pacientes, o las voces
de las muchachas, tratando de arreglar sus vidas.
Más días pasaron, y felizmente, otras personas
se dirigieron a mí. Recuerdo a una señora
bien simpática que ahora sé que era kinesióloga.
Ella se encargaba de mover mis piernas, e incluso una
vez se rió y me dijo algo (Es que me dio mucha tos y terminé
escupiéndola en la cara) Una mañana con
ayuda de alguien más, me sentó en una silla.
Me sujetaron a la silla con una sábana, y me llenaron
de cojines ( Ahí supe que mi espalda pesaba y no
se podía erguir)
Mi cabeza caía sobre mi hombro sin ninguna intención,
y ni siquiera lograba sostener la mandíbula. Me
sentía como una gelatina a la que le habían
dado forma de persona. Quizás sea muy fuerte describir
el despojo humano que era, pero para pesar mío, no
había otra realidad. Aún así, los descubrimientos
no progresaron, es más, pasaron a un plano muy
lejano a mi interés. Apenas ellas se fueron, noté
que me dolía la espalda y más todavía el pecho,
ya que el peso de mi tronco descansaba como cemento sobre
esa asegurada amarra. No importa cuanto tiempo estuve,
para mí fue como la eternidad misma. Cada segundo
pensaba en que no iba a soportar más, pero no por
eso terminaba el infierno. Gracias a Dios, me dormí
o perdí el conocimiento.
Como este, quedaron innumerables desenlaces truncados.
Hasta desconozco todos los pormenores del día que
regresé a mi casa. Tal vez sea lo mejor. No me
gustaría revivir esos nefastos episodios. Eso sí,
recuerdo bien una ambulancia, y la almohada de funda rosa
en la que apoyaba mi cabeza. Los que conducían la ambulancia,
la olvidaron en mi cama y yo no lo lamenté, pues pensé
que después de haber sufrido tanto, un trozo de
esponja blanda y cómoda, era lo menos que me merecía.
Lo que parece que nunca voy a poder olvidar, es esa fatídica
mañana de sábado en que todo esto empezó.
Recuerdo como si fuera hoy, la charla que tenía
con Mariano. Recuerdo que inocentemente, se entrometió
en nuestra amistosa conversación, lo que le daría
un gran vuelco a nuestras vidas. Atrás y dentro de mi cabeza,
algo muy suave y tibio se expandía. Al mismo tiempo,
se iba escapando todo el control que yo tenía sobre
mi cuerpo. Sin saber si preocuparse o no, Mariano me preguntó
que pasaba, pero sólo obtuvo balbuceos incongruentes
que intentaban ser una respuesta. Trató de sentarme
al borde de la cama poniendo su brazo en mi espalda, pero
mi cabeza se fue hacia atrás como la de un niño
de pecho. Me recostó con cuidado y salió a pedir ayuda.
Los demás integrantes de la familia esperaron asustados
a mi papá. Me envolvieron en la sábana y
me subieron al auto. Con todos los nervios encima, mi
papá trataba de poner la llave para echarlo a andar,
mientras decía “Dios mío, Dios mío”, dándose
cuenta que la cosa iba muy en serio. Desde atrás,
Mariano trataba de tranquilizarme. Con los escasos y desordenados
movimientos que me restaban, hice señas de querer
escribir. No tenía nada que decir, pero estaba
muy asustada y no quería perder el único
lazo que me unía al resto. Desgraciadamente, el lápiz que
me habían colocado entre los dedos, desapareció
sin que tuviera fuerza para sostenerlo. Había perdido
el escaso contacto con el exterior que me quedaba. Dejé
de lado los infructuosos intentos por levantarme. Es que
ya no me quedó energía para seguir luchando
contra lo desconocido. Me quedé recostada en el asiento, mirando
pasar las frondosas copas de los árboles a través
de mi ventanilla. Las distintas voces que no sabían
para donde ir, se fueron alejando hasta desaparecer, y
ya no supe más.
Luego de un angustioso peregrinaje, en horas de la tarde
nos recibieron en un lugar en el que sí podían
hacer algo por mí. Aunque ya no estaba consciente,
debo haber tenido chispazos de lucidez, porque hubo un
lapsus corto de tiempo en el que recuerdo el ruido de
una camilla y el sol fuerte pegándome en la cara.
(Me carga el sol en la cara, me hace sentir enferma) También
recuerdo extraños ruidos, máquinas, mesas frías y luces
parecidas a las de un interrogatorio.
Por mucho tiempo, ni yo ni nadie supo con certeza lo que
me ocurrió. Jamás se me pasó por
la mente que una joven estudiante de Arte, inteligente
y bonita, se podía enfermar así de repente,
sin que en apariencia mediara motivo alguno. Tuve que empezar
desde el principio a hacer todo de nuevo como si fuera la primera
vez. Incluso debí aprender a tragar la saliva que
se me acumula en la boca (aunque aún, sí
miro televisión, me río o lloro, boto un
poco y ensucio mi ropa) Sólo después de varios meses
de mi accidente vascular, que nunca se supo por que diablos
me dio, me diagnosticaron un infarto cerebral continuo.
Han pasado muchas cosas desde entonces. He perdido todo
lo que alguna vez pensé que me pertenecía.
Sin embargo, han sido años en los que he descubierto
en mí, más ganas de recuperarme de las que
jamás sospeche tener. Aunque sin duda, lo que más rescato
de toda esta experiencia, es lo mucho que he tenido que
aprender. Porque ese infarto, no sólo hizo explosión
en mi vida, sino que me obligó a conocer el mundo
desde una silla de ruedas.