Lo único que entendí de todo lo que me explicaron, es que por un instante la sangre no llegó a mi cerebro, y sin oxígeno, murieron miles de neuronas encargadas de mover mi cuerpo

a mi blog >>


DETRAS DE MIS OJOS- Mi testimonio

por Alejadra Raposo

No sé cómo lo sabía. No recuerdo cuando informaron que el joven había muerto. Ni siquiera lo lamenté. Sólo me atormentaba estar tan débil, y seguir sus mismos pasos. De algún modo, entendía que esos focos de luz perdidos en la solitaria y fría oscuridad, me anunciaban un ciego futuro.

Tras los ventanales y a pesar de la penumbra, distinguía a uno que otra persona abriendo unas cajas que reconocí de inmediato. En más de alguna película había visto transportar órganos humanos. Ante esta visión, no tardaron en aparecer las inquietas preguntas: ¿Por qué me tenían allí? ¿Me iba a morir? ¿Querían mis órganos? ¿Acaso pensaban que estaba muerta? Sí no era así ¿Qué esperaban para sacarme de ese lugar?… Nada de nada como respuesta. Ni una miserable palabra que me diera una pista de lo que me aguardaba. Reconozco sí, que era mucho peor tener que soportar las decepciones. Desde donde me tenían acostada, podía ver las iluminadas escalinatas por las que bajaba alguien, de vez en cuando. Llena de esperanza, creía que venían para llevarme a una sala de recuperación, y mi corazón volvía a latir fuerte por si era necesario demostrar cuanta vida albergaba, sin embargo, muy pronto comprendía que yo era la única que podía oírlo, y que mi persona no era la causa de la visita al subterráneo. Eso digería, cuando unas sombras en movimiento captaron mi desilusionada atención. Se movían sobre mi cabeza sin rozarme. Eran los brazos de alguien que tal vez pudiera ayudarme, pero que al parecer, mi lánguida apariencia sólo le provocaba desinterés.

Comencé a sentir un aire frío que me provocó un gran, pero indeciso temor. Me resistía a creer que estuvieran tratando de mantenerme fría. ¿Cómo podían equivocarse de ese modo? Yo estaba viva, y pretendía seguir igual. Era imposible que no se dieran cuenta. El enojo dio paso al raciocinio, que se detuvo a evaluar la situación. Estaba muy claro. Desconocía lo que me tenía deparada la providencia, pero por ahora debía resistir. No importaba cuánto se alargara la noche, no debía dormirme.

Al pasar de las horas el frío se esfumó, y el cansancio se hizo mi única compañía. ¿Habrían entendido que mi respiración no se iba a detener por nada del mundo?

Voces muy familiares me apartaron de mis cavilaciones.

-          Hay que sacarla de aquí… pronto…

Mis hermanas no podían aparecer en mejor momento (Al fin era libre como Icaro con sus alas de cera) Llevaron mi camilla a un lugar grande, sombrío y sucio. Muy parecido a un taller mecánico, y sin más salida que una enorme cortina metálica.

-          Rápido. Usa esto.

Me di cuenta que habían logrado abrirla, cuando la habitación se iluminó por completo…

Desde la nada, volvió a aparecer ante mí, la pantalla de la computadora.

-          Gabi…¿hubo algún problema con mis órganos, cuando estuve en el hospital?

-          ¿No te contaron que cuando agonizabas, había varios doctores muy preocupados por ti? Entre tanta tragedia era alentador el interés que despertabas, pero después de conocer tu historial médico, se esfumaron. Luego mi mamá supo que se trataba de un equipo de transplante… ¿Por qué?

-          Nada importante… recordé un sueño que tuve allá …

Aproveché que ella estaba distraída mirando televisión, para ahogar lo que sentía. Una mezcla entre rabia y pena, aguardaban su tuno en mi corazón. Me torturaba pensando que el abandono debió haber sido demasiado evidente como para que una moribunda llegara a percibirlo en sus sueños. ¿Por qué habían renunciado a salvarme, si dentro de mí aún quedaba tanta vida? ¿Habían hecho hasta lo imposible? Sí se trataba de salvar una vida, ¿Por qué no eligieron salvar la mía? ¿Estaba siendo injusta? No lo sabía, pero tenía tanta rabia que no podía ver más allá de mi nariz.

Los siguientes días fueron difíciles. Era complicado asumir ante mi familia que, después de tantos años, me perturbaba algo que nunca pasó. Tuve que disimularlo revisando los difíciles años que han transcurrido, para no permitir que aquella soledad que me absorbía, debilitara nuevamente mi vida.

Recordé el rostro de mi esposo con esa voz que me había hecho vibrar durante años, y que entonces casi me rogaba en un suplicante susurro, que abriera los ojos. En esos momentos, mis párpados pesaban más que dos lápidas selladas, pero el familiar sonido de mi nombre en sus labios no me dejó alternativa. No sospeché que al obedecer, sería testigo de los episodios que cambiarían mi destino y el de todas las personas que me rodeaban.

Fue hace siete años cuando yacía en un hospital, inmóvil, casi sin oxigeno, y sin saber que estaba muriendo. Apenas había un poco de fuerza para hacer latir mi corazón, sin embargo, incansable, yo trataba de respirar. Entre un sopor delirante e imágenes incoherentes, me apresuraba por dejar entrar aire a mis pulmones una vez más. Era tan difícil que no pasó mucho tiempo, antes de que se transformara en un trabajo demasiado pesado. No obstante, algo más fuerte que yo, me obligó a continuar hasta más allá de lo que mi cuerpo podía resistir. Aún así, hubo un instante en que me venció el agotamiento, y el sueño logró atraparme con facilidad. Por fortuna, todo en mí siguió funcionando, y pude despertar otra vez. En todo caso, no fue un regreso que se pudiera tildar de provechoso. Escuchaba muy lejos a Mariano, exigiéndome permanecer tranquila. También distinguía caras desconocidas que bajaban la cabeza en una negativa poco alentadora. Ajena a todo, yo continuaba mi tarea hasta hundirme en una laguna de sueños y pesadillas incomprensibles. 

A pesar de este confuso vacío que me rodeaba, no me es posible olvidar el peor dolor que he experimentado hasta ahora. No es que fuera tan agudo, sino que era interminable. Tan indiferente. Demasiado cruel, al no querer comprender el daño que me hacía. Supongo que el causante de mi martirio era un simple tubo, porque escuché muchas veces la palabra "entubar", gracias a la cual mi mente delirante, inventó sangrientos sucesos dignos del cine de terror. Es lamentable pero no me equivoqué del todo, ya que alguien introdujo sin piedad un duro pedazo de plástico en mi garganta, y lo abandonó ahí, por más tiempo del que quisiera contar. Creo que el supuesto tubo era grande para mí, y cada vez que hacía ese movimiento para tragar la saliva, sentía como sí se me enterrara hasta el alma. Después me enteraría que aquel aparato que nunca me interesó conocer, se usaba con un respirador que me acompañó por un periodo. Al final, aquel sufrimiento terminó, y comenzó un segundo y serio traspié. Una fiebre muy alta se encargó de empeorar mi situación.

Es tan vago lo que recuerdo, que no sabría como revivirlo en mi memoria. Sé que estaba en peligro. Que era algo así como un duelo que todos temían que perdiera. En instantes de lucidez veía a Mariano concentrado, poniendo toallas mojadas en mi frente, y diciendo palabras que nunca escuché. Yo trataba de aferrármele con todo mi ser, para no caer en esa corriente de pesadillas carentes de sentido, pero los fervientes deseos no siempre resultan, y sólo pude hacerlo cuando mi temperatura bajó a niveles normales.

Ya recuperada de la fiebre pude restablecer el perdido diálogo, contestando a las preguntas con un lento abrir y cerrar de párpados. Me sentía tan débil, que no me pregunté sí había alguna razón para no hablar, o sí algo me impedía salir de ahí. Responder así, era lo que me estaban pidiendo, y eso hacía. Lentamente, revelándoseme de distintas maneras, fui comprendiendo muchas cosas. Al principio, varias de ellas estaban claras sólo en mi inconsciente, y tardaron bastante en hacerse presentes. Por ejemplo, que todo ese edificio lleno de ventanales era un hospital, y que yo era la enferma. Aunque estaba casi segura de su irrealidad, pues no me explicaba en qué momento mi hermana pequeña había estudiado enfermería, y estaba ahí, cuidándome. ¿Por qué? ¿De qué? Era una locura psicodélica, que mi agotada cabeza se negaba a aceptar. Cerraba los ojos con la esperanza de que todo estuviera normal cuando los abriera. Era tan obvio que debía ser un sueño desagradable. El único detalle perturbador, era esa maldita lógica irrefutable que se mantenía inamovible.

Otra cosa que no capté de inmediato, es que mi familia era la única que se comunicaba conmigo. Ellos copaban todas mis necesidades afectivas. Al menos eso fue lo que sentí por un rato, ya que me invadió un vacío y soledad indescriptibles al descubrir que ahí, no creían que pudiera vivir. Que era mi propia suerte, la que se encargaría de anunciar que había sobrevivido. Deben haber pensado que era sólo una vida de tantas, pero olvidaron que para mí era la única. Mi vanidad se negaba a aceptar que mi vida perdía toda importancia frente a "las próximas vacaciones". Me acuerdo que sus anhelos por salir, hacían eco en mi cabeza, y me daba tanto miedo quedarme sola. En todo momento trataba de moverme y de gritar que yo estaba ahí, que no me dejaran, que me ayudaran, pero nadie se detenía a escuchar mis silenciosos gritos de auxilio. Habían determinado que yo estaba inconsciente y en estado de shock. Una sentencia que no necesitaba y que por suerte mi familia no admitió ni me dejó conocer.

Sin notarlo pasaron los días, y mi etérea tranquilidad siguió esfumándose con eventos cotidianos que no hacían más que refregarme en la cara, que no podía moverme ni hablar. En una ocasión me encontraba absorta mirando hacia la nada, cuando me pareció advertir una delgada manguera conectada a mí por alguna parte. No sé por qué lo sabía, sí ésta bajaba desde una máquina que estaba puesta en un pedestal metálico, hasta desaparecer sin dejar rastro, bajo mi ropa de cama. El asunto es que la máquina, de tanto en tanto, se ponía a pitear de manera escandalosa. Una chica se acercaba para enterarse de lo que pasaba y luego varias rodeaban mi cama, diciendo cosas como:

-           Se tapó, ¡se tapó!

-           ¿A ver? Déjame probar a mí.

- ¡Échale agua tibia!

Yo por mientras hacía una de las únicas cosas que podía hacer. Transpiraba de pánico de sólo pensar que estaba viva gracias a esa máquina, y en esos momentos se le antojaba fallar. Ya estando en mi casa me enteré de que ese instrumento era para alimentarme, y el pánico dio lugar a una vulgar inquietud (Ahora me parece gracioso pero en esa época, nunca lo fue)

Más adelante creo, caí en una pieza con la señora Isolina que era muy vieja (me lo debe haber dicho Mariano, porque yo nunca la vi), y junto a la señora Rosa, a la que veía desde mi cama. La señora Rosa era una señora gorda, que durante gran parte del tiempo que estuvo ahí, se tiraba del pijama queriendo quitárselo porque no soportaba el calor. Entre varias enfermeras trataban de impedírselo mientras recibían groseras ofensas. Perdonables en todo caso, porque creo que ella tenía meningitis y ardía en fiebre. Observaba atentamente todo este espectáculo que me hacía olvidar mis malestares, hasta que llegó un momento en el que me empecé a asustar, y yo también comencé a sentirme como una prisionera a la que no iban a dejar regresar nunca a casa. El estar ahí temerosa de mi suerte, me dio tiempo para pensar que aquella no era una situación que pudiera afrontar yo sola, y para mi sorpresa, muy incrédula pensé que de todas formas necesitaba que Dios me tendiera una mano. Y así lo hizo. Cosa que siempre le agradeceré mucho.

Llegó la hora de regresar a casa. Yo estaba tan contenta. Ese lugar se había convertido en mi peor pesadilla. No sólo me iba, era la posibilidad de que toda esa ridícula situación desapareciera. Sí bien parte de mí ya daba por aceptada esa verdad, me era imposible abandonar esa pequeña e ilógica esperanza de que fuera otra mentira de mi inconsciente. Rogaba para que en el hospital, no se dieran cuenta que todavía me sentía mal y se arrepintieran de mi partida. Cerré los ojos y eludí sus miradas durante todo el trayecto. Primero me sacaron por una puerta y atravesamos por el pasillo del quinto piso. Atrás quedaban esos fríos y laberínticos muros que ya odiaba. Podía escuchar el agradable sonido que hacían las ruedas al avanzar. Guiaba la camilla una amiga, ya que mi mamá realizaba tramites para mi salida, en el otro extremo del hospital. Nos detuvimos unos instantes para que ella pudiera hacer unas consultas a la señorita del mesón. Me dejó disfrutando la hermosa luz del sol que entraba por la ventana. Parecía que habían pasado siglos, sin que pudiera ver luz natural. De pronto se esfumó todo el encanto. Definitivamente fue como un balde de agua fría. Una enfermera jaló la camilla y dijo con voz muy segura.

- Esta niña debe bajar a rayos

Mi corazón agitado y queriendo abandonar mi pecho, trataba de explicar el tremendo error. Todo gritaba dentro de mí, pero aun así, no lograba decir palabra y aclarar que me habían dado de alta, que todo era legal, que en otra parte se hacía el papeleo necesario. Quería llorar de impotencia, pero no dije nada y no me moví ni un milímetro. Fui llevada cual marioneta, sin que yo pudiera hacer algo.

Ya en rayos o en cualquier lugar donde me dejaron, fui puesta en máquinas que me causaron grandes dolores de estómago, sin embargo, terminaron rápido. En cambio la profunda decepción y la pena, se quedaron conmigo. Se me pasó un poco la tristeza, cuando pensé que había sido otra engañosa treta de mi mente, pues no vi ni a Mariano, ni a mis lloronas hermanas, ni siquiera a mi papá. Claro que podían estar ayudando a mi mamá, ¿pero los cinco?. Después de todo, se supone que yo era el paquete importante.

Superada mi fantasiosa y fracasada huida, siguió pasando el tiempo con una calma enloquecedora. Quizás por eso no me incomodó, la vez que Mariano se peleó con una enfermera. Es que acababa de ingresar a la sala, y sólo alcanzó a decirme un par de cosas. Ahí entra ella, que con el mismo tono prepotente que utilizaría un dictador, le dijo que saliera de inmediato. Nunca sabré por que fue tan poco amable con él. Es cierto que éramos varias pacientes, y que el procedimiento que tenía que hacerse, era privado, pero no le costaba nada haber sido amable. He conocido a varias enfermeras durante mi recorrido y han sido muy comprensivas.

Bien, el asunto es que a Mariano se le desdibujó esa adorable sonrisa que me llevaba, que ocultaban lo más bien la cara de preocupación y las ojeras, y le dijo en tono más prepotente aún, que sólo saldría cuando se lo pidiera "por favor". Después de una acalorada discusión, la famosa enfermera tuvo que pedir que saliera "por favor", de muy mala gana, pues conociendo a Mariano, sólo podían moverlo de allí con algunos guardias. Se calmó la controversia, mi amor se despidió de mí y salió furioso.

De nuevo quedé sumergida en esa rutinaria soledad. Por suerte, existían esos momentos en que " las muchachas de blanco", mezclaban sobre mi piel una fragante colonia con crema. Claro que no era ese el motivo de mi alegría. La verdad es que era entretenido escucharlas conversar, aunque sólo fuera entre ellas. Además, la falta de invitación no me impedía participar y pensar mi opinión.

Lo que no me gustaba para nada era cuando me secaban el pelo. Nunca vi el secador, pero podía escuchar su tedioso andar, que se confundía con el chacharear de dos voces por detrás de mi cabeza. La persona que hacía el trabajo olvidaba cambiarlo de lugar y mi cabeza se calentaba de manera horrible. Con mucha serenidad, aguardaba en silencio repitiéndome:

-           aguanta, aguanta que tarde o temprano lo tiene que mover…

Sabía que esa incomunicación me estaba matando de angustia. De hecho, di un respiro cuando aceptaron que estaba encerrada detrás de mis ojos. Creí que mis penas iban a terminar, pero para mi desgracia, no resultó como esperaba. Un parpadeo para un "Si", y dos por los "No" ¿Quién más que mi familia iba a tener tiempo y paciencia para aprender ese nuevo lenguaje? No me quedó otra opción que distraer mi soledad con los dramas de otros pacientes, o las voces de las muchachas, tratando de arreglar sus vidas.

Más días pasaron, y felizmente, otras personas se dirigieron a mí. Recuerdo a una señora bien simpática que ahora sé que era kinesióloga. Ella se encargaba de mover mis piernas, e incluso una vez se rió y me dijo algo (Es que me dio mucha tos y terminé escupiéndola en la cara) Una mañana con ayuda de alguien más, me sentó en una silla. Me sujetaron con una sábana, y me llenaron de cojines  ( Ahí supe que mi espalda pesaba y no se podía erguir) 

Mi cabeza caía sobre mi hombro sin ninguna intención, y ni siquiera lograba sostener la mandíbula. Me sentía como una gelatina a la que le habían dado forma de persona. Quizás sea muy fuerte describir el despojo humano que era, mas para pesar mío, no había otra realidad. Aún así, los descubrimientos no progresaron, es más, pasaron a un plano muy lejano de mi interés. Apenas ellas se fueron, noté que me dolía la espalda y más todavía el pecho, ya que el peso de mi tronco descansaba como cemento sobre esa asegurada amarra. No importa cuanto tiempo estuve, para mí fue como la eternidad misma. Cada segundo pensaba en que no iba a soportar más, pero no por eso terminaba el infierno. Gracias a Dios, me dormí o perdí el conocimiento.

Como éste, quedaron innumerables desenlaces truncados. Hasta desconozco todos los pormenores del día que regresé a mi casa. Tal vez sea lo mejor. No me gustaría revivir esos nefastos episodios. Eso sí, recuerdo bien una ambulancia, y la almohada de funda rosa en la que apoyaba mi cabeza. Los que conducían la ambulancia, la olvidaron en mi cama y yo no lo lamenté, pues pensé que después de haber sufrido tanto, un trozo de esponja blanda y cómoda, era lo menos que me merecía.

Lo que parece que nunca voy a poder olvidar, es esa fatídica mañana de sábado en que todo esto empezó. Recuerdo como si fuera hoy, la charla que tenía con Mariano. Recuerdo que inocente mente , se entrometió en nuestra amistosa conversación, lo que le daría un gran vuelco a nuestras vidas. Atrás y dentro de mi cabeza, algo muy suave y tibio se expandía. Al mismo tiempo, se iba escapando todo el control que yo tenía sobre mi cuerpo. Sin saber si preocuparse o no, Mariano me preguntó que pasaba, pero sólo obtuvo balbuceos incongruentes que intentaban ser una respuesta. Trató de sentarme al borde de la cama poniendo su brazo en mi espalda, pero mi cabeza se fue hacia atrás como la de un niño de pecho. Me recostó con cuidado y salió a pedir ayuda. Los demás integrantes de la familia esperaron asustados a mi papá. Me envolvieron en la sábana y me subieron al auto. Con todos los nervios encima, mi papá trataba de poner la llave para echarlo a andar, mientras decía “Dios mío, Dios mío”, dándose cuenta que la cosa iba muy en serio. Desde atrás, Mariano trataba de tranquilizarme. Con los escasos y desordenados movimientos que me restaban, hice señas de querer escribir. No tenía nada que decir, pero estaba muy asustada y no quería perder el único lazo que me unía al resto. Desgraciadamente, el lápiz que me habían colocado entre los dedos, desapareció sin que tuviera fuerza para sostenerlo. Había perdido el escaso contacto con el exterior que me quedaba. Dejé de lado los infructuosos intentos por levantarme. Es que ya no me quedó energía para seguir luchando contra lo desconocido. Me qued é recostada en el asiento, mirando pasar las frondosas copas de los á rboles a través de mi ventanilla. Las distintas voces que no sabían para donde ir, se fueron alejando hasta desaparecer, y ya no supe más.

Luego de un angustioso peregrinaje, en horas de la tarde nos recibieron en un lugar en el que sí podían hacer algo por mí. Aunque ya no estaba consciente, debo haber tenido chispazos de lucidez, porque hubo un lapso corto en el que recuerdo el ruido de una camilla y el sol fuerte pegándome en la cara. (Me carga el sol en la cara, me hace sentir enferma) También recuerdo extraños ruidos, máquinas, mesas frías y luces parecidas a las de un interrogatorio.

  Por mucho tiempo, ni yo ni nadie supo con certeza lo que me ocurrió. Jamás se me pasó por la mente que una joven estudiante de Arte, inteligente y bonita, se podía enfermar así de repente, sin que en apariencia mediara motivo alguno. Tuve que empezar desde el principio a hacer todo de nuevo como si fuera la primera vez. Incluso debí aprender a tragar la saliva que se me acumula en la boca (aunque aún, si miro televisión, me río o lloro, boto un poco y ensucio mi ropa) Sólo después de varios meses de mi accidente vascular, que nunca se supo por qué diablos me dio, me diagnosticaron un infarto cerebral continuo. Han pasado muchas cosas desde entonces. He perdido todo lo que alguna vez pensé que me pertenecía. Sin embargo, han sido años en los que he descubierto en mí más ganas de recuperarme de las que jamás sospeche tener. Aunque sin duda, lo que más rescato de toda esta experiencia, es lo mucho que he tenido que aprender. Porque ese infarto, no sólo hizo explosión en mi vida, me obligó a conocer el mundo desde una silla de ruedas.



si quieres ofrecerme un trabajo CON SALARIO (NO VENTAS POR MAIL) , puedes ver los datos en mi blog (puedo hacer muy poco, pero al menos sé redactar cartas, y otras cosas básicas en el computador. también escribo poemas (no muy largos porque no veo muy bien)...y aún soy depediente, por lo que trabajo desde mi domicilio.
...y te agradezco si no me escribas sólo por motivos religiosos

mi blog y curriculum >>